Bajau, los nómadas del mar

Los Bajau han vivido en el mar durante generaciones, buceando y pescando, y rara vez ponen un pie en tierra. Sus conocimientos eran venerados por los grandes sultanes malayos, que contaban con ellos para establecer y proteger rutas comerciales

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Diana es una de las últimas nómadas marinas del mundo, un miembro del grupo étnico Bajau, un pueblo malayo que han vivido en el mar durante siglos, manejando una franja de mar entre la Filipinas, Malasia e Indonesia. Los orígenes de la diáspora Bajau se relatan en la leyenda de una princesa de Johor, Malasia, que fue arrasada por una inundación repentina. Su padre afligido ordenó a sus súbditos que regresaran sólo cuando hubieran encontrado a su hija.

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Durante generaciones, los Bajau se han adaptado a su medio ambiente marítimo y, aunque marginales, sus conocimientos eran venerados por los grandes sultanes malayos, que contaban con ellos para establecer y proteger rutas comerciales. Estan altamente cualificados para el buceo libre, descendiendo a profundidades de 30 metros y más para dar caza a los peces pelágicos o en la búsqueda de perlas y pepinos de mar, un manjar entre los Bajau y mercancía que han cambiado durante siglos.

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Dado que el buceo es una actividad cotidiana, los Bajau se rompen deliberadamente sus tímpanos a una edad temprana. “Se sangra por los oídos y la nariz, y hay que pasar una semana acostados debido al vértigo”, dice Imran Lahassan, de la comunidad de Torosiaje en el norte de Sulawesi, Indonesia. “Después de eso se puede bucear sin dolor”. Como era de esperar, los ancianos Bajau son duros de oído. Al zambullirse, llevan unas gafas de madera con lentes de cristal talladas a mano, pescan con arpones hechos de madera de barco, y buscan también caucho de los neumáticos y chatarra.

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El número de Bajau que viven en los tradicionales barcos lepa-lepa (estrechas embarcaciones con la proa muy elevada, muy apreciados entre las poblaciones costeras de la región) está disminuyendo con rapidez. El nomadismo siempre ha estado en desacuerdo con los límites fijos del Estado-nación, y más en las últimas décadas con los controvertidos programas del gobierno que han obligado a la mayoría de los Bajau a establecerse en la tierra. Hoy en día, muchos viven en las aldeas, como Torosiaje, aunque no es la solución ya que se encuentra a un kilómetro del mar.

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Ane Kasim y su hijo Ramdan pasan seis meses en sus lepa-lepa, subsistiendo de lo que puedan pescar en los arrecifes. Al anochecer se reúnen con otros barcos a sotavento de una pequeña isla, al lado de un bosque de manglares donde el agua está en calma. Ellos construyen pequeños fuegos en las popas, cocian a la parrilla crustáceos y moluscos a fuego lento. Su conexión con el entorno natural es de vital importancia: “Me encanta estar en el mar (pescar, remar, sólo allí se siente todo… el frío, el calor”, dice Ane.

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No es una vida fácil. La mayoría de los lepa-lepa tienen motores rudimentarios, pero Ane no puede permitirse uno. “Cuando voy a Torosiaje lo hago a remo. No tenemos nada, mi esposo murió de la calambre. Una enfermedad de descompresión que lo encorbaba”. En estos días, los que se lo pueden permitir utilizan compresores de buceo. El aire es bombeado a través de una manguera de jardín para que los buzos pueden aguantar durante más tiempo, 40 minutos o más. Sin darse cuenta de la necesidad de limitar su exposición a la presión, innumerables Bajau han acabado mutilados o muertos por mortales burbujas de nitrógeno en la sangre.

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La práctica continúa, sin embargo, porque es lucrativa, especialmente cuando el cianuro de potasio está implicado. La pesca con cianuro se introdujo por primera vez en las Filipinas por los barcos de pesca de Hong Kong en busca de especies de los arrecifes, como el mero y el pez Napoleón, para satisfacer la creciente demanda de restaurantes de mariscos de peces vivos. Rápidamente se extendió por todo el Triángulo Coral, una bio-región que abarca seis países del sudeste asiático y es el lugar de mayor diversidad de especies marinas del planeta, incluyendo el 76% de todos los corales conocidas. Los buzos utilizan botellas de plástico para soplar las nubes venenosas en las especies objetivo, aturdiéndoles a ellos y dañando el hábitat de coral. Hoy en día, la industria alcanza un valor de $800 millones al año, según una investigación de WWF.

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Torosiaje solía estar flanqueada por multitud de arrecifes, ahora sólo hay terrenos baldíos de coral roto, el legado de años de pesca con dinamita y cianuro. Es una historia común en todo el Triángulo de Coral, las comunidades destruyen el medio ambiente que los sustenta impulsados por voraces mercados mundiales. Afortunadamente, las cosas están empezando a cambiar. Subvenciones de WWF y Conservación Internacional están ayudando a crear programas marinos de gestión que favorezcan la sostenibilidad a través de zonas de prohibición de pesca y una regreso a los métodos de pesca tradicionales. A menudo son los Bajau que transmiten esos programas a las comunidades locales.

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La cosmología tradicional Bajau, una mezcla de animismo e Islam, revela una compleja relación con el mar, que para ellos es una entidad heterogénea y de vida. Hay espíritus en las corrientes y las mareas, en los arrecifes de coral y los manglares. Este respeto y conocimiento podrían ser utilizado para conservar y no destruir.

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