Kokomo Ailand

Cuando a uno le sobra el dinero es típico lo de pasar las vacaciones en el otro extremo del mundo. Ahora bien, si el presupuesto disponible no supone un problema y es de ésos que marean ya no hace falta buscar una isla exótica. Se puede comprar. Y no me refiero a una natural, como las que adquirieron Onassis o Marlon Brando. Ya es posible tenerla a medida y en el mar donde se prefiera; más aún, se puede trasladar.

Es la propuesta de Migaloo Private Submarines Yachts, una empresa que normalmente diseña y construye fantásticos submarinos para usar como yates de lujo (también merece la pena echarles un vistazo en su web), y que hace poco presentó este nuevo y revolucionario proyecto. Se trata de una combinación de nave e isla artificial bautizada con el nombre de Kokomo Ailand, un complejo concebido para el ocio y equipado con todas las exquisiteces que puedan demandar sus compradores y usuarios, previsiblemente gente bastante caprichosa en ese sentido.

Consiste en una especie de plataforma flotante , de varias plantas comunicadas mediante un par de ascensores y coronada por una atalaya con terraza-mirador que se eleva ochenta metros sobre el nivel del agua proporcionando espléndidas panorámicas de los alrededores. Funciona también como ático residencial, dotado de suite de lujo y bañera de hidromasaje con fondo de cristal.

Asimismo, otros equipamientos son piscina, spa, jardín tropical con cascada y palmeras, una piscina, un comedor submarino, gimnasio, parrilla para barbacoas, un cine al aire libre, pantallas láser e incluso un comedero para alimentar tiburones, tal cual se tratase del refugio de un villano de James Bond. Hasta tiene un helipuerto para salir o entrar por aire en caso de emergencia; si se prefiere hacerlo por vía acuática tiene puntos de atraque en su estructura.

No obstante, los trayectos no suponen un problema: Kokomo Ailand dispone de ocho potentes motores que permiten su traslado de un lugar a otro a una velocidad de ocho nudos, navegando sobre dos enormes patines a la manera de un gigantesco catamarán. Digo gigantesco porque las medidas de este complejo así se pueden calificar: ciento diecisiete metros de longitud por setenta y ocho de ancho.

Seguramente el precio también será proporcional a esas cifras, máxime teniendo en cuenta que el juguetito se puede adaptar al gusto del cliente. Eso sí, será más adelante porque de momento sólo es un proyecto.


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